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38. Interferencias

-Pablo, tu hijo Diego me tiene loca -llegaba a casa Paula con un peque en cada mano-.

-¿Qué ha hecho ahora? -contesto mientras termino de cambiar foco halógeno-.

-Lo de siempre. Ha vuelto a hacer saltar el arco de seguridad de El Corte Inglés.



Dixel (mi Dieguete) no es un niño corriente. A la salida de los centros comerciales es capaz de concentrarse mucho, mucho... hasta que salta la alarma. La primera vez, pensábamos que habría robado algo. La segunda, que el arco estaba estropeado. El niño se lo pasaba pipa:



-Papá, mira, los bomberos -y seguidamente fruncía el ceño hasta que la alarma saltaba como una sirena-.



Una vez más, éramos inspeccionados y cacheados por el encargado. Y así, todos los días. Al final terminamos llevándolo al pediatra.



-Pues yo no le veo nada -decía el Dr, pero al rato la lámparita de la consulta empezaba a parpadear-. ¡Corcho, con el niño! ¡Fuera, que me funde los aparatos, y son muy caros!



Y es que el día que nacieron los mellizos, la matrona ya nos había advertido: -Habéis tenido una hermosa niña y una interferencia con cuerpo de niño-. Al principio no me preocupó, incluso me hizo ilusión: ¡cuántos posts podría escribir con un portento como éste! A día de hoy os puedo asegurar que sólo Dios sabe el dinero que me he gastado arreglando aparatos eléctricos en casa. ¡Vaya ruina! Por supuesto, le tenía prohibido entrar en el cuarto del ordenador.



-Yo creo que deberíamos llevarlo a un centro de superdotados; tiene que empezar a dominar ese "don" que tiene -me dice Paula-. O eso, o al circo.


-Pues una cosa te digo... ¡Alegría!


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