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54. Todo héroe tiene un gran final


Los coches de policía que nos seguían se percataron de que su ayuda era más necesaria en el accidente, así que nos sobrepasaron por el arcén y se dirigieron hacia el lugar de las llamas.
-Matías, sigue a los coches patrulla por el arcén. Algo me dice que mi momento ha llegado.
-¿Qué momento, Pablo? -me pregunta-.
-El de salvar al mundo, hombre. Te lo he repetido ya veinte veces.

Haciendo un gesto de desaprobación, da un volantazo y nos dirigimos al siniestro. Sorteamos algunas ambulancias y un coche de bomberos, para llegar lo más cerca posible. Nos bajamos. Varios agentes nos increpan para que quitemos el coche. Matías vuelve a subirse al vehículo. Me mira. Le digo con los ojos que yo me quedo.
El calor es asfixiante. El agua de los bomberos no logra apagar el fuego iniciado en la cisterna y que se extiende por los hierros del autobús. Parece que esto puede explotar en cualquier momento. Se oyen gritos desde dentro del amasijo que forman ambos vehículos.

-¿Pero es que nadie va a sacar a esa gente? -grito a los bomberos-.
-Hay que reducir las llamas de esta parte, porque sino la gente no podrá atravesar la pared de fuego para salir -me contesta uno de ellos-.
-No hay tiempo. Apúntame con el agua porque voy para dentro -le digo borracho de valentía-.

Y así es como atravieso las llamas y me cuelo dentro del autobús. Estaba volcado y el techo había cedido, atrapando a mucha gente entre él y los asientos. El humo estaba asfixiando a todos. Así que saco fuerza de donde no la hay para desplazarlo y liberar a la gente. Los bomberos han conseguido apagar la zona trasera y los últimos pasajeros que quedan escapan por el pasillo libre de llamas.

En el momento de abandonar el autobús, creo escuchar una voz en el interior del vehículo. Es como un canto de sirenas, entre un mar de fuego. Es una melodía muy dulce, angelical, que enmudece al resto de ruidos. Repentinamente, se hace el silencio, el vacío, una luz cegadora llena todo, y me atrapa el ruido atroz de una gran explosión...

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